—Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido?
Teófilo levantó la cabeza y respiró:
—¡Conchita! —dijo Teófilo—, con qué oportunidad sale usted... Esta arpía —y señaló a la portera yacente— no me dejaba subir; me amenazó, quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más groseros.
La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha pasao aquí».
—¿Pero no sabe usté, señá Donisia —preguntó desde lo alto Conchita—, que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita?
—¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... —comenzó a decir la portera, adelantando, al llegar a méndigo, el labio inferior, en señal de menosprecio. El señor Emeterio mutiló la frase incipiente de su esposa con una mirada de través.
—Suba usté, don Teófilo —habló Conchita.
La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica.
—¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono!
El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne y puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto, apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente: