—¡A ver, a ver, que yo me entere! —Conchita colocó los brazos en jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien pensaba que se burlaban de ella.

Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.

—Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.

—Eso es lo que a usté menos le importa —dijo Conchita con sequedad que no era hostil.

—Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al comedor.

—¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!

Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo iba a remolque, le condujo al comedor.

—¿Lo ve usté? —preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la habitación.

Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada barría.

—¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?