—¡Bah! Mimetismo o pose o farandulería, ¿qué más da? —observó un ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los ojos vueltos hacia el cielo raso—. El caso es que Mazorral no ha dicho nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos: ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo, si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos de Tejero.

—¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable! —clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica—. «Nosotros, los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva generación nos incumbe...» —peroraba en tono campanudo, contrahaciendo la voz abaritonada y vibrante de Mazorral—. Cualquiera diría al oírle que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón de este nuevo periplo. ¡Formidable!

—Señores —volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto y mal trajeado—, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral, estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc. El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?

Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo Travesedo.

—Me voy a la calle, ¿vienes?

Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se marchaban salió con ellos.

IV

Había anochecido.

Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de Santa Ana.

—¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... —exclamó Travesedo, que estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.