—¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.
—No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo haberle aburrido.
—No, de ninguna manera.
—Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes.
Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras, otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora, tenía un gato sobre las piernas. Habló así:
—Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato, y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver —dirigiéndose al gato—, ¿por qué no te has presentado en la tribuna y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio.
—Señores —insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado, encarnación austera de la ecuanimidad—, procuremos ser justos. Se pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.
—Pues eso es precisamente lo que decimos —replicó uno de los del diván, de cara aplastada y obtusa—. Que ha sido una conferencia llena de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era bambolla.
—¡Es un farsante! —falló una criatura enjuta y vehemente que hacía claudicar su mecedora con descomunal denuedo.
—Para mí los farsantes son dignos de toda admiración —declaró uno de los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de hombre sobre un cráneo de niño—. Para ser farsante se necesita, como condición sine qua non, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a la farsa la llamásemos pose, y a eso otro que caracteriza a Mazorral y a muchos animales inferiores, mimetismo. La simulación es una forma zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los ortópteros que entre los periodistas. La phyllia y la callima, por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera de ellos. El mimetismo es una actividad irracional, instintiva, despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario, la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se acostumbra a llamar pose. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... —sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre.