—¿No ha venido Pascual a la conferencia? —preguntó Guzmán a don Sabas, por preguntar algo.
—No sé. Anda tan atareado estos días...
—¿Con la boda?
—Sí, creo que sí.
—¿Cuándo se casa?
—No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la conferencia, querido Guzmán?
—Muy bien, ¿y a usted?
—A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no; lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos, que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos» es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo mal —rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un calorífero—, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más. Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus artículos o dígale que su conferencia ha sido una batata, como se dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir, «respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica, mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué hacerse de él, con la espada escribían nihil en el mar, daban toda su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven Tejero me derribó con un discurso... —don Sabas sonrió amargamente—. De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles. Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera. Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué dice usted?
—Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.
—Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? —inquirió benévolamente don Sabas.