—Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?

—Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, adentro, a pasar este mal trago.

Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta, como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros, ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y mejor aire que los políticos.

Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.

La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola. Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas modulaciones que le daban emoción estética.

De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero. Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el problema España debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de recibir en tal punto muchas miradas de través.

Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.

Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando abandonaban entrambos el salón.

—¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le estima.

Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente, de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres, e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó, con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a don Sabas era la pérdida de Rosina.