Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.

—Señor —acudió Muro en seguida—, que estamos en el país de los viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad, para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud, y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas, los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es pasar el rato —hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza.

Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal, como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego. Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público, por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico, caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido.

Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y en cuanto dio con él le llamó aparte.

—No me digas nada —se adelantó a decir Guzmán, observando la satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante—, el negocio va a las mil maravillas.

—Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz. Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio. No hay negocio.

—¿Y eso?

—Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto en boca.

—¿Y por eso venías tan contento?

—Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito. Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué? Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí, este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando; pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud? ¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al zapatero? Pues entonces...