Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.

—Es curioso —observó Teófilo, como hablando consigo mismo—. Me he pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje, sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca, como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas lo contrario.

—No digo yo tal.

—Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es inútil, todo es inútil.

Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»

III

No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de las ondas en el mar.

La Celestina.

Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo, esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos de exclamar:

—Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué indecente oscuridad!