—Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
—Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
—Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
—¡Escribirme!... —exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida y añadió—. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media docena de palabras en toda mi vida.
—¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
—Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja! También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas; por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte, robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud, espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
—Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y enxuta!»
—Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados. Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o monstruosas?
—Sí, Platón.
—Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.