—Entonces, ¿cuál es mi deber?

—Hacerlos buenos.

—¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?

—No importa.

—Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.

Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes. Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado, como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho: «Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le forzó ahora a hablar.

—¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora, suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer, y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra, porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles asfaltadas, el ciego decía: «Huele un poquiñín a mar». Él decía un poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así, un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió: «Siempre es esto, pero en grande.»

Hubo una pausa.

—¿Qué sabes de Rosina? —preguntó Alberto sin subrayar las palabras.

—Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es una estrella de los music-halls y que hace furor en París —respondió Teófilo, afectando excesiva indiferencia.