—¿El qué?

—Esta carta.

—¿Qué es de él?

—No sé aún. Ahora veremos —leyó—: «Querido Guzmán: Dirá usted y los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día (esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín, nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo. Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»

—¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... —murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.

—Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un deber adscrito a ese nombre.

—Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una ocasión...

—Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica. Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un éxito.

—Pero tú dices que es muy malo.

—Por eso será gran éxito.