—No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les falta la expresión emotiva.

—Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?

—Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.

—Caramba, qué expeditivo estás. A ver.

—Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo, introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y tramoya del sentimiento humano.

—Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?

—A la larga sí.

—¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el interesante, pero es que tú no sabes... —Teófilo creía mantener el secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen, entre ellos Alberto.

Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida, que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de alcantarilla. Por fin la abrió.

—Hombre, de Bériz.