Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta. De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de Travesedo.
—¡Eh, Céspedes! —gritó Travesedo.
—Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?
—¿Podemos entrar?
—Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...
Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos, practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado. Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el sentido.
—¡Vámonos, vámonos de aquí! —suplicó.
Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.
—Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te sentará muy bien —ordenó Travesedo.
En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.