—Estos poetas... —dijo Travesedo, chascando la lengua después de trasegar una copa de aguardiente—. Eres más pusilánime que un conejo de Indias.
—Vamos a la calle a que me dé el aire —habló Teófilo, poniéndose trabajosamente en pie.
Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:
—Era Santonja.
—¿Qué dices ahí? —inquirió Travesedo.
—Santonja, mi amigo Santonja.
—¿Quién? ¿El anarquista?
—Sí.
—Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...
—Homobono.