—¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.
Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.
—Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje platónico, una bomba a un monumento!... —de pronto rompió a hablar con mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo—. Habláis mal de los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas. Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis, vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves que lloro? Y es de rabia...
V
En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche, la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la categoría de una loggia medicea. Colgada oblicuamente de la pared había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer creer a sus visitantes que lo había pintado ella.
—Pero, ¿sabes pintar?
—¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero ya lo he abandonao.
No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.
—¿Cómo te apellidas, Lolita?
—¿Yo? Montoya.