—¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?
Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:
—Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si son amapolas, so primo.
Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco, con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes.
Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar el pino, sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos.
—Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia. Vamo, lee, niña.
Amparito leyó.
—Habiendo logrado Mr. Sonnini... —Amparito leyó eme-erre.
—Pero chiquiya, tú no sabe leé.
—Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.