—¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que ahora viene lo bueno.

—Habiendo eme-erre Sonnini —prosiguió Amparito— logrado abrir un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro, el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.

—¿Te has enterao? —preguntó Lolita a Verónica—. Ese royo de la momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos, de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso.

Amparito leyó:

—Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris, salud y paz os envía!

—¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé. Ahí están toas en er papé amariyo.

Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas.

—¿Tengo que decir la pregunta que haga?

—Naturalmente, chiquiya.

—Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?» —quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.