—Pero so gorfa —exclamó Lolita, alborozada sobremanera—. ¿Entavía estamos con esas niñerías der corasón?

—Si es por preguntar...

—Yo también quiero preguntar luego —insinuó Amparito tímidamente.

—Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.

—Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes —leyó Amparito—, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos. Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de estas...

—Yo te diré; esto se hase así, a burto —y Lolita comenzó a trazar palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.

—Pero eso es imposible.

—Muy fásil.

—Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.

—Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.