—El traductor —leyó Amparito— cree de su deber advertir aquí que él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón. Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables vías.

—¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.

—Sí que no...

—Pues, ahora hases las rayitas.

Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa.

—Sagitario; non, tres pares, non —bisbiseó Amparito—. La respuesta dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»

—¿Me quies desí —interrogó Lolita, enchipada como con un éxito personal suyo—, si no le deja a una aturuyá?

—¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? —inquirió Verónica.

—Y dos mil.

Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.