—Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que Teófilo tiene una gran figura.
Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para sus adentros: «Está chalá por el poeta.»
Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no volvieron a cambiar una palabra.
V
Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un ruiseñor odiaría un solo de cornetín».
El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías, a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles, trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra, de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»
Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del aposento.
El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo, reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad. Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró, considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.
Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos, y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.
—¡Celipe! ¡Celipe!