—No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y envidiosas... Ya está el baño.

Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los ojos. Estaba pensativa.

—Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo?

—No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.

—Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno; tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la Peña, pongo al caso...

—Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.

—No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No debía de haber por dónde cogerme.

—Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.

Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.

—Pues digo más, y esto para el señor Pajares —prosiguió Conchita—. Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba pero que ni esto.