—Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es eterno. No sé cómo explicarme.

—Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde —dijo Milagritos con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular denuedo un cornetín de pistón.

La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después de anochecido.

Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al teatro de los Infantes a presenciar el estreno de A cielo abierto. Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y smoking.

Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa, al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones; quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a fruir del lírico festín.

Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y prosternándose, declamó:

Que el hada Felicidad

derrame, noble Princesa,

su dorada cornucopia,

de bienes y rosas llena,