—No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues estoy nerviosa —doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras como ella quisiera.

—¿Y por eso está usted nerviosa? —Milagritos se levantó, se marchó y volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a leer—. ¿Cuántas horas faltan? —preguntó.

—¿Qué hora es?

—Las cinco.

—Pues faltan cuatro horas.

Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita.

—Ya puede usted ir al teatro.

Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:

—Hija mía...

—Ya puede usted ir al teatro —repitió Milagritos, sin despegar los ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba incontrovertible de que era hora de ir al teatro.