Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines, cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a media voz:
—Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta pelambre en el cubo.
Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio, flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente.
—¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! —suspiró la vieja santiguándose. Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos. Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos de ella.
—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?
—Miren el arrapiezo, qué fisgona.
—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta?
Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más acompañada que no con las personas mayores.
—Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.
—¿Por qué está usted nerviosa?