Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de quien se había enamorado Teófilo.
—¿Tan enamorado quiere usted decir? —los ojos de doña Juanita echaban chispas.
—No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...
—¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella vil ramera —doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy enfáticos— si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece, se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará con su prima Lucrecia —doña Juanita urdía todas aquellas falsedades, lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y ofendida para no acordarse más de Teófilo.
—Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la enhorabuena —la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo. Prosiguió la dama—: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir cuatro letras para su hijo.
Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.
No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y leyó la carta, la cual rezaba así:
«Tu madre me dice que te casas. (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó doña Juanita en voz alta.) Lo mejor es que no nos volvamos a ver. Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.
Rosina.»
—Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan nada —exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán; luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.» La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto, patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre dientes:
—¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...