—Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?

—Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto, porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no tendrá papel, ni pluma, ni nada.

—Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?

—Sí, señora —doña Juanita comenzó a enternecerse.

—¡Qué suerte tener tal hijo!...

—¡Bendito sea Dios! —doña Juanita se enterneció más.

La dama parecía enternecerse también.

—¿Y cómo está? —inquirió la dama.

—Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella infamia de la bomba, ya estará usted enterada —la dama asintió con la cabeza—, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir, porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce usted a don Alberto Díaz de Guzmán? —la dama asintió nuevamente—. Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.

—¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? —la voz de la dama temblaba un poco.