Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado a tierra, agradaron por su originalidad.

A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a reñir contienda, como había dicho el rey de armas, por un beso en la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los entusiastas. Un guerrero, que aunque rudo y áspero como la crin del león de los desiertos, aspiraba, como bobo, a ungir su braveza con aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en alejandrinos contra los afeminados cortesanos, parásitos de la mesa de los magnates y polilla de las damas, que de esta suerte los calificó el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, que fuerzan el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos, no de otra suerte que el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa. Esta imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros, y en un rapto de inspiración vertida en las ánforas helénicas de los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos (insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas) encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario, juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana, mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada; pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible (Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo. Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento, en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa, y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución, y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes, puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la balada tenía el consonante en ía:

Tras de tu airón yo me iría,

tras tu canto-hechicería

que trueca la noche en día,

y la sombra en armonía,

y el desierto en lozanía

de rosas de Alejandría.

Tras de tu airón yo me iría,

trovador del alma mía,