cisne del ala bravía... etc., etc.
y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó por extremo al público. El deleite a cada nuevo ía se acrecentaba hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos, a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo.
La segunda estrofa aconsonantaba en on, y era la misma canción:
Me iría tras de tu airón,
tras tu canto-anunciación,
que encinta a la creación
con luz viva de ilusión... etc., etc.
La tercera estrofa tenía el consonante en aba, y nunca se acababa; esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí.
La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.
—¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! —se oía de un lado a otro.