Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada, y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: Tras de tu airón yo me iría, remedando, en la medida de sus respectivas facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán.

Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada de los ías, ones y abas hacía pensar en un borrico dando vueltas a una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a Monte-Valdés, y dijo:

—Eso hay que probarlo —sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis pimpleo.

—En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.

—Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande —como si el ambiente fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano—. ¿Qué me dice usted con eso? —habló el caballero barrigudo.

—En segundo lugar —continuó Monte-Valdés sin conceder atención al interpelante y enarcando mucho las cejas—, el conflicto dramático es absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos mujeres, unam feminam nihil...

—Camelos, no —atajó el caballero barrigudo.

—Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, como la crin del león, cisne del ala bravía, cuando me consta que Pajares no ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne, porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como Góngora asegura.

—Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese notar los desatinos de la obra.

—En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío. Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta gallinácea.