—¿Y eso lo sabe usted acaso —interrogó el caballero barrigudo, con sorna— directamente por su antepasado?
—Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota. La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de Oviedo, Sumario natural de la historia de las Indias, y él lo llama pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es cosa archisabida.
Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.
—Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra —y el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés.
La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él quisiera que inflasen las velas con tanta violencia como la pasión le hinche a él el pecho. Los marineros refieren historias de piratas. Y como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata. Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima a los cristianos. Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba de los mares. Son piratas, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha aceptado y digerido una sarta de ías, una retahíla de ones y un celemín de abas. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero, se añadía, el teatro es siempre efectismo.
En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad, desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente, sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable. Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para ellos empeño del amor propio.
Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades, el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba, de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo, su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía, o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente sin que la gente se enterara.
Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras de asinidad definitiva), habló así:
—Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y corruptelas vergonzosas.
—Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan claudicantes y transitorios —dijo Pérez de Toledo.