—¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza Calderón, o Lope, o Tirso...

—Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... —comentó un joven periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del crítico, quien preguntó:

—Conseguir, ¿qué?

—Lo que se proponga, don José.

—Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto —concluyó el crítico.

Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer, tenía un apaño (está metidísima, está enchuladísima, fueron dos de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego cómico en una compañía de poco pelo.

—Alto ahí —cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente—. La compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé los principios esenciales del arte escénico.

—¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? —inquirió Pérez de Toledo.

—Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él —respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.

Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling, cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo entero, no era otro que el amante de Rosina.