Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público. Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de A cielo abierto y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una sombra funesta diluida sobre el semblante.

La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual, por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos, hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado con una nueva ovación.

El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc., etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa viendo aquellos cadáveres de rosas en féretros de espuma. De la propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se veían muchos ojos empañados por las lágrimas.

Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:

—Ya estará usted contenta, señora.

Doña Juanita se echó a llorar.

—Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.

Doña Juanita balbució:

—Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día en que Teófilo hizo su primera comunión —doña Juanita temblaba extraordinariamente.

El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que Teófilo era un Schiller.