Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto. Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.

—¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense usted locuras.

—Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan hasta las mil y quinientas.

—Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.

Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas. Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer. Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros, levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación y preguntó:

—¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?

—Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted? —Lolita no cesaba de llorar—. Es que llamaba a Antonia para que me quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado mico —diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto le originó olvidose de llorar.

Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco momento como la emisión del vocablo mico, porque le traía asombrada y absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle, a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la calle.

—Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o mejó, como un serdito —y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué decir ni qué pensar.

En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta.