En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso celebrar el éxito con champaña en Los Burgaleses. En el restorán fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios. Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:

—No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.

En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.

—Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.

—No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.

—Te acompaño. ¿Adónde vamos?

—A la ventura.

«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio profesional, su vanidad de poeta.

—¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece tu drama?

Teófilo no respondió.