—¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.
Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:
—No me dejes solo. Habla, que te escucho.
—Tu drama me parece estúpido. —Pausa. Teófilo no se dio por entendido. Añadió—: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad; suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se trague doce seguidos a palo seco —Alberto sintió una leve presión en su brazo. Pensó: «Esto va bien»—. Por supuesto, no se te puede echar a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón vituperaba en los latinistas españoles el aliquid pingue, un algo pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles, San Dámaso, se le llamaba Auriscalpius matronarum, cosquilleador de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito, como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos elogios.
Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.
—¿Qué te pasa? —preguntó Alberto.
—No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo toda la sangre en la cabeza —su voz era ronca y salía en coágulos. Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.
—Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?
—No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas. ¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro, desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? —la voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió. Repitió Teófilo—: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?
—No, claro que no. Ahora sosiégate.