—Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.
Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas estará durmiendo como una bendita.»
—Tomaremos un coche, si te parece —habló Guzmán.
—Sí; como tú quieras.
Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo y la cabeza caída sobre el asiento.
Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios. En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.
—Es algo aquí, en semejante parte —murmuró Teófilo, señalando la base de la caja torácica—. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me enfurece —añadió, levantando la voz y crispando los puños.
—Habla bajo.
—Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?
—No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de bajar la voz.