Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió, apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada y amorosa:

—Hijo de mis entrañas.

Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento estrangulado de ira o de pavor, bramó:

—¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.

La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris caótico.

—¡Hijo! ¡Hijo! —La primera exclamación fue de estupor, la segunda de manso reproche.

—Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea, porque te desharé entre mis manos —y Teófilo forcejeaba por desasirse de los brazos de Alberto.

Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.

—¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce; muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.

—Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir —Guzmán estrechó la mano de su atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más atribulada aún.