Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña Juanita se adelantó a hablar:
—No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.
—Es que...
—No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias por su solicitud. Buenas noches.
Guzmán se retiró pensando: «Nunca sabemos nada de nada.»
Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid.
VIII
Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo Las Moradas, de Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta:
Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico, estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a almorzar conmigo? Tu amiga,
Rosina.
Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua caliente.