—Buenos días, sor Cruz.

—Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan viejos y se acerque el momento de la muerte...

—Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas tristes.

—¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo viera —sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche—. Un libro de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no sea para hacer mofa...

—Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.

—Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas, buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...»

—¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?

—Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora. De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares. Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.

—Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría.

—Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?