—Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y de todas maneras se puede servir a Dios —dijo Alberto.
—¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted —y sor Cruz salió riendo con benevolencia.
Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de Antonia.
Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo Las Moradas, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro consigo, y fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle en peinador y le regaló con un beso de salutación.
—No te parecerá mal que te bese, ¿eh?
—Ni que fuera tonto —respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente el regalo.
—Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho, pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? —Alberto asintió—. Quizás venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen El Galeoto: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo, y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado. Parece que me adora.
—Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia?
—¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del almuerzo no digo esta boca es mía.
—Poco falta ya, de manera que tendremos calma.