—¿Qué es de Teófilo?
—En casa estará durmiendo...
—Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo reconoce así —Rosina cambió de expresión—. Tú ya sabes que Teófilo y yo hemos sido muy amigos un poco de tiempo.
—Sí, lo presumía.
—Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees?
—Lo que tú; que está enamorado de ti.
—Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí directamente, no me vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te advierto que no es por ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir lo que me reste de vida. Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo esté o no esté enamorado; pero, la verdad, tampoco me hace gracia que me odie y me trate con desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice fue lo que no pude menos de hacer —el rostro de la mujer adquirió una expresión meditativa.
Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas con Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo, aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto, había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol, la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo, necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones de entonces.
Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que les sirvieran el almuerzo en la misma habitación.
—Qué, ¿has tenido noticias de Fernando? —preguntó Verónica.