—Hoy no.

—¿Te escribe todos los días?

—Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario y una postal por lo menos. Es celosísimo.

—Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días. Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no hay caso.

—Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás siempre con la misma canción.

—Y ahora —entró a decir Guzmán—, ¿se puede ya saber aquello que me iba a hacer la mar de gracia?

—Todavía no. De sobremesa.

—Resignación.

En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta.

—Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia. Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo que una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven, vestida de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita Rosa», me dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué la iba a conocer yo! «Soy Márgara, la hija de Bergantín». Este Bergantín es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has crecido y qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada. Le pregunté a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a decir nada; pero fue animándose, animándose poco a poco y me contó lo que le pasaba. Veréis. Dice que en Arenales había llegado a ser muy desgraciada. La cortejaban muchos mozos; pero ninguno le gustaba a ella. Durante los veranos, los señoritos veraneantes no la dejaban vivir, persiguiéndola sin parar, ya podéis suponer con qué intención. Jura que hasta ahora ningún hombre la ha tocado, y yo lo creo. Dos horas o muy cerca empleó en contarme mil menudencias. Yo abrevio. La cosa fue que comenzó a entrarle un gran disgusto por todo lo que veía en el pueblo; se apartó de las amigas y se encerraba a solas a llorar. Oye, tú, no seas grosero y cierra ese libro.