—Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos ayudará a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella sentía, según dice este libro, ansias y lágrimas congojosas y sospiros y grandes ímpetus.

—Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe explicarlo.

Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó:

Es dificultosísimo de dar a entender.

—Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para.

—Lo presumo —dijo Guzmán.

—Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos y, vaya...

Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene en dar grandes gritos —interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió—: Parece un fuego que está humeando y se le representó ser de esta manera los sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así, aunque dure poco, deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan abiertos... —Guzmán espigaba en el libro y leía a retazos.

—¿Pero te estás chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo inventas?

—Prosigue, Rosina.