—Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar como una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en el corazón, continuaba siempre.
—Los contentos —leyó Guzmán— nacen de la misma obra que hacemos y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos ensanchan el corazón. Esa muchacha quería meterse monja y viene a pedirte el dote.
Rosina rompió a reír descompuestamente.
—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó, sin cesar de reirse.
—¡Qué mundo! —exclamó Verónica.
—No es nada difícil caer en la cuenta —añadió Guzmán.
—Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario.
—¿Todo lo contrario? —inquirió Verónica, boquiabierta—. Entonces fraile.
—Sí —respondió Rosina—, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen tres. Quiere ser una cocotte, como yo, y reinar en el mundo y sus arrabales, porque ella se figura que ser cocotte y emperatriz es la misma cosa.
—Pues está enterada —comentó Verónica.