—Me dejas anonadado —confesó Guzmán—. ¿Y cómo fue? ¿No te ha explicado?
—Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.» Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con deliciosa ingenuidad: «Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi vocación.» Ya veis: vocación de cocotte...
Pausa.
—Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia? —inquirió Guzmán.
—Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden, solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde, chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece?
—Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo —aconsejó Verónica, con ardimiento.
—Tengo un proyecto. A ver qué opináis —habló Guzmán.
—Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno —jaleó Verónica.
—Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos, reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice tener...
—¿Y nosotras vamos a ir también? —preguntó Rosina, algo alarmada.