—¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito...

—No tengo mantón.

—Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir.

—Tanto como divertir... —observó Alberto—. Entonces, ¿qué os parece?

—A mí, de perlas —declaró Verónica.

—Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis que conocer a Márgara —Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando apareció la camarera, Rosina añadió—: Que venga esa chica que llegó esta mañana.

Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un armonioso aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy morena, casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos, duros y perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y dientes menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el labio. No era bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa.

—No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una manera enorme —dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz alta—: Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas —y comenzó a oprimirle los senos y los muslos—. Tocad. Es mármol.

Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual, dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia personal.

—Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad, Márgara?