Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza específica de Márgara.
—Sí, parece una estatua —declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a las apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se mantuvo la muchacha.
Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió.
A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta de Rosina, Verónica y Márgara, a pelo y con mantones achulados, y Angelón Ríos, Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo, por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda, Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los cafés.
Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa de cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en los dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además, la Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica, y las admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien, como sevillana, opinaba que el cante jondo y el baile flamenco, lo castizo en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés modernistas.
Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban libres. La Socorrito era una mujer joven, agraciada y pizpireta. Llevaba un pañolillo andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto; el peinado caído en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño. Presumía de usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases con guiños y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un valor cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas: la Talones, la Lorito y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza.
Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo salido, cuando la Talones dijo, aludiendo a la dueña:
—Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe.
Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito. Había sido —y aún coleaba, afirmó la Lorito— querida de uno de los hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias.
—¿Creen ustedes —preguntó Pepita, mirando a Rosina— que las comedias de los Fitoria son de ellos? ¡Quia!