—Pues, ¿de quién son? —interrogó Travesedo.
—¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos los chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito. Si lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del último semestre, uno por uno.
—¿Es posible? —inquirió Travesedo, con escepticismo.
Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por la salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que ellas eran testigo de mayor excepción.
Angelón reía a torrentes.
—Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia —dijo Travesedo—. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede ser.
Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña, de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas las noches.
—Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad —gritó Artaza, golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia que de corrupción.
Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina, Márgara y Guzmán hicieron terna aparte.
—¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? —preguntó Rosina.