—Es preciosa, guapísima —respondió Márgara.

—Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa, ella o tú?

—Ella, ella ye mucho más guapa —dijo Márgara, con vehemente convicción.

—Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones de lucirse y cazar hombres ricos.

Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la vida que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo el dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre casi todas terminan en un hospital, y por ahí adelante.

En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo. Angelón obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la pandilla.

El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una casa de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano voluptuosidades antinaturales y perversas.

En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras negras, que decían: ALFONSA.

Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada de rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas eran bastante lindas, señaladamente Lilí, una francesa, que hacía crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por los recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros vivos.

—¿Qué es eso? —inquirió Rosina.