Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron las mujeres y volvieron muy pronto, desnudas. En el centro de la estancia, sobre unas colchonetas que al efecto había introducido la encargada, las siete mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones de amor lésbico y otra porción de nauseabundas monstruosidades. Rosina, Verónica y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se levantaron y salieron, seguidas de los hombres.

En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio.

De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes.

Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en donde, según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de bajo estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior: Casianaaa... Opulencia... Pero no abrían. Dos duros que Grajal introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho. Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia, en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era gorda, vieja y sucia.

—¿Qué hueso se os ha roto por aquí? —preguntó con voz insolente y gesto desconfiado.

—Pues, ya ves —respondió Angelón—. Venimos a hacer una visita a tu palacio. Enséñanos las niñas.

—Están haciendo la calle.

—Pues que traigan champaña —ordenó Artaza.

—Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo?

Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual se domesticó al instante.